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P. B. Palacios (Almafuerte)

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

      Almafuerte, cuyo verdadero nombre fue Pedro Bonifacio Palacios nació el 13 de mayo de 1854 en San Justo, Provincia de Buenos Aires, Argentina.  

      Su vocación de maestro le llevó, a los 16 años, a dirigir una escuelita en el pueblo de Chacabuco donde, en 1884, tuvo la oportunidad de conocer a Sarmiento y fue docente durante su presidencia.

      Sin título oficial, y con métodos muy personales, impartía una enseñanza que por sobre todo abría un panorama espiritual en sus alumnos. Por razones personales abandonó la docencia, y se trasladó, primero a Buenos Aires y luego a La Plata, para dirigir y colaborar en periódicos de la época.  Aunque circunstancial, su labor periodística fue intensa y de lucha, transmitiendo su espíritu a la juventud que participó en los hechos revolucionarios de la última década del siglo XIX. Para ese entonces, eran muchos los diarios que recogían artículos y versos de Almafuerte (algunos publicados con otros seudónimos, ya que utilizó varios en su acción periodística).

      Sus mejores obras fueron publicadas después de su muerte, ocurrida en Buenos Aires.

Libros publicados

  • Lamentaciones, La Plata, 1906
  • Evangélicas, Buenos Aires, 1915
  • Poesías, con prólogo de Juan Más y Pí, 1916
  • Poesías Completas, Montevideo, 1917.
  • Poesías Completas, publicada en  "Grandes Escritores Argentinos"
  •  ha sido la mejor de estas recopilaciones
  •  

    Pedro B. Palacios (Almafuerte)

    Avanti!

    Si te postran diez veces, te levantas
    otras diez, otras cien, otras quinientas:
    no han de ser tus caídas tan violentas
    ni tampoco, por ley, han de ser tantas.
    Con el hambre genial con que las plantas
    asimilan el humus avarientas,
    deglutiendo el rencor de las afrentas
    se formaron los santos y las santas.
    Obsesión casi asnal, para ser fuerte,
    nada más necesita la criatura,
    y en cualquier infeliz se me figura
    que se mellan los garfios de la suerte...
    ¡Todos los incurables tienen cura
    cinco segundos antes de su muerte!

    ¡Piu Avanti!

    No te des por vencido, ni aun vencido,
    no te sientas esclavo, ni aun esclavo;
    trémulo de pavor, piénsate bravo,
    y arremete feroz, ya mal herido.
    Ten el tesón del clavo enmohecido
    que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
    no la cobarde estupidez del pavo
    que amaina su plumaje al primer ruido.
    Procede como Dios que nunca llora;
    o como Lucifer, que nunca reza;
    o como el robledal, cuya grandeza
    necesita del agua y no la implora...
    Que muerda y vocifere vengadora,
    ya rodando en el polvo, tu cabeza!

    ¡Molto piu Avanti!

    Los que vierten sus lágrimas amantes
    sobre las penas que no son sus penas;
    los que olvidan el son de sus cadenas
    para limar las de los otros antes;
    Los que van por el mundo delirantes
    repartiendo su amor a manos llenas,
    caen, bajo el peso de sus obras buenas,
    sucios, enfermos, trágicos,... ¡sobrantes!
    ¡Ah! ¡Nunca quieras remediar entuertos!
    ¡nunca sigas impulsos compasivos!
    ¡ten los garfios del Odio siempre activos
    los ojos del juez siempre despiertos!
    ¡Y al echarte en la caja de los muertos,
    menosprecia los llantos de los vivos!

    ¡Molto piu Avanti ancora!

    El mundo miserable es un estrado
    donde todo es estólido y fingido,
    donde cada anfitrión guarda escondido
    su verdadero ser, tras el tocado:
    No digas tu verdad ni al mas amado,
    no demuestres temor ni al mas temido,
    no creas que jamas te hayan querido
    por mas besos de amor que te hayan dado.
    Mira como la nieve se deslíe
    sin que apostrofe al sol su labio yerto,
    cómo ansia las nubes el desierto
    sin que a ninguno su ansiedad confíe...
    ¡Trema como el infierno, pero rie!
    ¡Vive la vida plena, pero muerto!

    ¡Moltíssimo piu Avanti ancora!

    Si en vez de las estúpidas panteras
    y los férreos estúpidos leones,
    encerrasen dos flacos mocetones
    en esa frágil cárcel de las fieras,
    No habrían de yacer noches enteras
    en el blando pajar de sus colchones,
    sin esperanzas ya, sin reacciones
    lo mismo que dos plácidos horteras;
    Cual Napoleones pensativos, graves,
    no como el tigre sanguinario y maula,
    escrutarían palmo a palmo su aula,
    buscando las rendijas, no las llaves...
    ¡Seas el que tú seas, ya lo sabes:
    a escrutar las rendijas de tu jaula!

     

    Lo que yo quiero

    I
    Quiero ser las dos niñas de tus ojos,
    las metálicas cuerdas de tu voz,
    el rubor de tu sien cuando meditas
    y el origen tenaz de tu rubor.
    Quiero ser esas manos invisibles
    que manejan por si la creación,
    y formar con tus sueños y los míos
    otro mundo mejor para los dos.
    Eres tu, providencia de mi vida,
    mi sostén, mi refugio, mi caudal;
    cual si fueras mi madre, yo te amo...
    ¡y todavía más!.

    II
    Tengo celos del sol porque te besa
    con sus labios de luz y de calor...
    ¡del jazmín tropical y del jilguero
    que decoran y alegran tu balcón!
    Mando yo que ni el aire te sonría:
    ni los astros, ni el ave, ni la flor,
    ni la fe, ni el amor, ni la esperanza,
    ni ninguno, ni nada más que yo.
    Eres tu, soberana de mis noches,
    mi constante, perpetuo cavilar:
    ambiciono tu amor como la gloria...
    ¡y todavía más!.

    III
    Yo no quiero que alguno te consuele
    si me mata la fuerza de tu amor...
    ¡si me matan los besos insaciables,
    fervorosos, ardientes que te doy!
    Quiero yo que te invadan las tinieblas,
    cuando ya para mí no salga el sol.
    Quiero yo que defiendas mis despojos
    del más breve ritual profanador.
    Quiero yo que me llames y conjures
    sobre labios y frente, y corazón.
    Quiero yo que sucumbas o enloquezcas...
    ¡loca sí; muerta si, te quiero yo!
    Mi querida, mi bien, mi soberana,
    mi refugio, mi sueño, mi caudal,
    mi laurel, mi ambición, mi santa madre...
    ¡y todavía más!

     

    La yapa

    Como una sola estrella no es el cielo,
    ni una gota que salta, el Ocëano,
    ni una falange rígida, la mano,
    ni una brizna de paja, el santo suelo:

    tu gimnasia de jaula no es el vuelo,
    el sublime tramonto soberano,
    ni nunca podrá ser anhelo humano
    tu miserable personal anhelo.

    ¿Qué saben de lo eterno las esferas?
    ¿de las borrascas de la mar, las gotas?
    ¿de puñetazos, las falanges rotas?
    ¿de harina y pan, las pajas de las eras?...

    ¡Detén tus pasos Lógica, no quieras
    que se hagan pesimistas los idiostas!

     

    Adios a la maestra

    Obrera sublime,
    bendita señora:
    la tarde ha llegado
    también para vos.
    ¡La tarde, que dice:
    descanso!...la hora
    de dar a los niños
    el último adiós.
    Mas no desespere
    la santa maestra:
    no todo en el mundo
    del todo se va;
    usted será siempre
    la brújula nuestra,
    ¡la sola querida
    segunda mamá!
    Pasando los meses,
    pasando los años,
    seremos adultos,
    geniales tal vez...
    ¡mas nunca los hechos
    más grandes o extraños
    desfloran del todo
    la eterna niñez!
    En medio a los rostros
    que amante conserva
    la noble, la pura
    memoria filial,
    cual una solemne
    visión de Minerva,
    su imagen, señora,
    tendrá su sitial.
    Y allí donde quiera
    la ley del ambiente
    nimbar nuestras vidas,
    clavar nuestra cruz,
    la escuela ha de alzarse
    fantásticamente,
    cual una suntuosa
    gran torre de luz.
    ¡No gima, no llore
    la santa maestra:
    no todo en el mundo
    del todo se va;
    usted será siempre
    la brújula nuestra,
    ¡la sola querida
    segunda mamá!

     

    Intima

    Ayer te vi... No estabas bajo el techo
    de tu tranquilo hogar
    ni doblando la frente arrodillada
    delante del altar,
    ni reclinando la gentil cabeza
    sobre el augusto pecho maternal.
    Te vi...si ayer no te siguió mi sombra
    en el aire, en el sol,
    es que la maldición de los amantes
    no la recibe Dios,
    o acaso el que me roba tus caricias
    tiene en el cielo más poder que yo!
    Otros te digan palma del desierto,
    otros te llamen flor de la montaña,
    otros quemen incienso a tu hermosura,
    yo te diré mi amada.
    Ellos buscan un pago a sus vigilias,
    ellos compran tu amor con sus palabras;
    ellos son elocuentes porque esperan,
    ¡y yo no espero nada!
    Yo sé que la mujer es vanidosa,
    yo sé que la lisonja la desarma,
    y sé que un hombre esclavo de rodillas
    más que todos alcanza...
    Otros te digan palma del desierto,
    otros compren tu amor con sus palabras,
    yo seré más audaz pero más noble:
    ¡yo te diré mi amada!

     

    Ayer y hoy

    I
    Humilde como el voto del creyente,
    bendito como el angel de mi guarda,
    tímido, solitario, romancesco,
    fe y esperanza.

    II
    Como tú, virginal y sin mancilla,
    como yo, visionario y entusiasta,
    era el amor que te ofrecí; inocente,
    como mi alma.

    III
    Ignoto, como ráfaga perdida,
    ardiente, como lágrima callada,
    torcido, desolado, borrascoso,
    amor de paria.

    IV
    Triste como el destello de la luna,
    solo, como la luna solitaria,
    es el recuerdo de ese amor maldito,
    como mi alma.

     

    Dios te salve

    Cuando se haga en ti la sombra;
    cuando apagues tus estrellas;
    cuando abismes en el fango más hediondo, más infecto,
    más maligno, más innoble, más macabro,-más de muerte,
    más de bestia, más de carcel,-
    no has caído todavía,
    no has rodado a lo más hondo...
    si en la cueva de tu pecho, más ignara, más remota,
    más secreta, más arcana, más oscura, más vacía,
    más ruin, más secundaria,
    canta salmos las tristeza,
    muerde angustias el despecho,
    vibra un punto, gime un ángel, pía un nido de sonrojos,
    se hace un nudo de ansiedad.
    Los que nacen tenebrosos;
    los que son y serán larvas;
    los estorbos, los peligros, los contagios, los Satanes,
    los malditos, los que nunca,- nunca en seco, nunca siempre,
    nunca mismo, nunca nunca,-
    se podrán regenerar,
    no se auscultan en sus noches,
    no se lloran a si propios...
    se producen imperantes, satisfechos,- como normas,
    como moldes, como pernos, como pesas controlarias,
    como básicos puntales,
    y no sienten el deseo
    de lo sano y de lo puro
    ni siquiera un vil momento, ni siquiera un vil instante,
    de su arcano cerebral.
    Al que tasca sus tinieblas,
    al que ambula taciturno;
    al que aguanta en sus dos lomos,- como el peso indeclinable,
    como el peso punitorio de cien urbes, de cien siglos;
    de cien razas delincuentes,-
    su tenaz obcecación;
    al que sufre noche y día,-
    y en la noche hasta durmiendo,-
    como el roce de un cilicio, como un hueso en la garganta,
    como un clavo en el cerebro, como un ruido en los oídos,
    como un callo apostemado
    la noción de sus miserias,
    la gran cruz de su pasión:
    yo le agacho mi cabeza; yo le doblo mis rodillas;
    yo le beso las dos plantas; yo le digo: Dios te salve...
    ¡Cristo negro, santo hediondo, Job por dentro,
    vaso infame de dolor!

     

    Vade retro

    Tu eres joven, como un lirio de los valles,
    que recién abre su cáliz,
    ¡que recién!
    los cendales candorosos de sus pétalos de seda
    suelta al viento de la aurora...
    ¡yo soy el trágico laurel!.
    Yo soy viejo, carcomido, lamentable,
    como un roble centenario,
    ¡que cayó!
    que cayó para in eternum, para nunca más alzarse
    por los siglos de los siglos,
    ¡bajo el látigo de Dios!.
    Son tus carnes, azucenas y jazmines
    sonrojados a los besos
    !de la luz!;
    de la luz de cien incendios pavorosos,
    de cien soles fulgurantes...
    ¡más tu carne, no eres tú!.
    Tu eres sombra, sombra enorme, sombra misma,
    sombra llena de ansias
    ¡de gozar!.
    Tus deseos se retuercen como sierpes iracundas,
    insaciadas, insaciables...
    ¡pubertades de satán!.

     

    ¿Flores a mi?

    I
    Ayer me diste una flor,
    una flor a mí, señora,
    que no consagré una hora
    ni al más poderoso amor.
    ¿Flores a mí? ¡si es mejor!,
    en un páramo arrojarlas,
    o tú no sabes amarlas,
    o al sentir mi pecho yerto,
    sobre la tumba de un muerto,
    has querido abandonarlas.

    II
    ¿Flores a mí? ¿tú no sabes
    de esos parajes que aterran,
    donde las flores se cierran,
    dónde no cantan las aves?
    Las más orgullosas naves
    temen del mar los furores,
    los tigres devoradores
    huyen del simún airado
    ¡y tú en mi pecho has dejado
    tan sin recelo tus flores!

    III
    ¡Flores a mi! puede ser
    que desalmada y celosa,
    buscaras la más hermosa
    con tu instinto de mujer;
    Y haciéndole comprender
    yo no sé qué gentileza,
    con refinada fiereza,
    con el más profundo encono,
    la bajaste de su trono
    por castigar su belleza.

    IV
    No lo sé, linda mujer,
    ni quiero saberlo todo;
    me contento con mi modo
    de saber y no saber.
    Pero si quieres tener
    la realidad en tu mano,
    te diré, sin ser un vano,
    que si te movió el amor
    ¡la flor ha sido una flor
    que fue destronada en vano!

     

    Mi Alma (Paralela)

    Bajo la curva de la noche, fúnebre,
    sobre la arena del desierto, cálida,
    se conturba la mente del proscripto,
    su pie desnudo, vacilante, marcha;
    y allá en la curva fúnebre del cielo
    la estrella solitaria;
    y allá, sobre las cálidas arenas,
    ¡el oasis y el agua!
    Bajo la curva del dolor, fatídica,
    sobre el desierto de mi vida, trágica,
    mi acongojada mente se conturba,
    mi vacilante pie se despedaza;
    y allá, en la curva del dolor, siniestra,
    la luz de la esperanza;
    y allá sobre el desierto de mi vida,
    ¡la resonante multitud de mi alma!.

     

    Como los Bueyes

    Ser bueno, en mi sentir, es lo más llano
    y concilia deber, altruismo y gusto:
    con el que pasa lejos, casi adusto,
    con el que viene a mi, tierno y humano.
    Hallo razón al triste y al insano,
    mal que reviente mi pensar robusto;
    y en vez de andar buscando lo más justo
    hago yunta con otro y soy su hermano.
    Sin meterme a Moisés de nuevas leyes,
    doy al que pide pan, pan y puchero;
    y el honor de salvar al mundo entero
    se lo dejo a los genios y a los reyes:
    Hago, vuelvo a decir, como los bueyes,
    mutualidad de yunta y compañero.

    ¡Pobre Juan!

    Te argüirán, entre muecas desdeñosas,
    los nenitos, de Juan el carpintero:
    que sería más útil un obrero
    si ambas manos tuviese habilidosas".
    Y después de soltar tan graves cosas,
    como quien echa migas a un jilguero,
    te dirán: "que rosal y duraznero
    son rosaceos los dos, porque dan rosas".
    Pero ven cuatro plantas florecidas
    esos grandes filósofos enanos...
    ¡y van y las destrozan inhumanos
    cual rapaces querubes homicidas!
    Niños: en cada flor hay muchas vidas
    y las manos que matan no son manos.

     

    Tempestad

    Agrupándose ligeras
    vienen nubes tenebrosas,
    y montañas espantosas
    en el cielo acongojado
    de sus senos, derramado
    como un colosal torrente,
    agua pura y transparente
    que moja el suelo enlutado.
    Cruza errante la centella
    cual tétrica exhalación;
    su estentórea vibración
    deja flamígeras huellas;
    sopla el viento que resuella
    y en el muelle renegrido,
    se escucha el recio bramido
    del vendaval que se estrella.
    Ha alzado el día su vuelo
    y en las olas espumosas,
    gigantescas y brumosas,
    tiende la noche su velo;
    débil barca con recelo
    va el atlántico surcando
    de proa a popa tumbando
    entre la cuna agua-cielo.
    Como de ronca metralla
    un rujido estentoroso
    colosal e impetuoso
    cual la voz de la batalla;
    luego círculos y mallas
    se escuchan, se ven rojizas,
    y el aquilón que hace trizas
    en duros muros estalla.
    Es de noche. La oración
    se ha alejado del poniente,
    quedó desierta y doliente
    la confundida creación;
    caen hojas en montón,
    tiembla el árbol, rueda el nido,
    vibra el rumor y el silbido
    se escucha del aquilón

     

    Verano

    Velado por fulíginos elásticos de llamas,
    con galas y atavíos y aromas turbadores,
    de ignotos lares llega con áureas oriflamas,
    el príncipe verano, custodiado de amores.
    ¡Salud, príncipe indigno, laureolado de flores,
    guirnaldas y diademas os brindarán las damas,
    proyectan tus pupilas fúlgidos resplandores
    que a reina primavera revelan que la amas!
    Al manto de celajes aéreos y movibles,
    ninfáticos poemas le engalanan sus bordes,
    cánticos eufónicos, bemoles indecibles,
    églogas siderales, himnos indefinibles,
    se mezclan en los mágicos, quiméricos acordes,
    de laúdes dorados, de reyes invisibles.

     

    A la Primavera

    ¡Salud, primavera, princesa encantadora!
    saludo engrandecido las gasas de tu velo;
    ya orlan tus vestidos el argentino suelo.
    ¡Salud, reina galana que el trópico atesora!
    En la triunfal carroza que llegas, soñadora,
    viene la diosa áurea con perfumado vuelo.
    ¡quién sabe de qué mundo! ¡quién sabe de qué cielo!
    ¡salud, gentil doncella! ¡tu túnica enamora!
    De tus joyas de virgen, los rizos nacarados
    se extienden tiernamente con sin igual candor;
    por las grandes ciudades, por los desiertos prados,
    tus tintes de armonías, tus ecos sublimados,
    encierran luengas páginas de ensueños y de amor.
    ¡salud, reina que llegas de mundos ignorados!

     

    Pasión

    I
    Tú tienes, para mí, todo lo bello
    que cielo, tierra y corazón abarcan;
    la atracción estelar ¡de esas estrellas
    que atraen como tus lágrimas!;

    II
    La sinfonía sacra de los seres,
    los vientos, los bosques y las aguas,
    en el lenguaje mudo de tus ojos
    que, mirándome, hablan;

    III
    Los atrevidos rasgos de las cumbres
    que la celeste inmensidad asaltan,
    en las gentiles curvas de tu seno...
    ¡oh, colina sagrada!

    IV
    Y el desdeñoso arrastre de las olas
    sobre los verdes juncos y las algas,
    en el raudo vagar de tu memoria
    por mi vida de paria.

    V
    Yo tengo, para ti, todo lo noble
    que cielo, tierra y corazón abarcan;
    el calor de los soles, ¡de los soles
    que, como yo, te aman!;

    VI
    El gemido profundo de las ondas
    que mueren a tus pies sobre la playa,
    en el tapiz purpúreo de mi espíritu
    abatido a tus plantas;

    VII
    La castidad celeste de los besos
    de tu madre bendita, en la mañana,
    en la caricia augusta con que tierna
    te circunda mi alma.

    VIII
    ¡Tu tienes, para mí todo lo bello;
    yo tengo para ti, todo lo que ama;
    tú, para mí, la luz que resplandece,
    yo, para ti, sus llamas!

     

    Fúnebre

    I
    La montaña que tiembla, porque siento
    germen de cataclismo en sus entrañas;
    el huracán que gemebundo emigra
    quién sabe a qué región y qué distancia;
    el mar que ruge protestando airado
    de la ley del nivel que lo avasalla;
    los mundos del sistema -¡tristes mundos!-
    que al sol de Dios obedeciendo pasan
    como en la arena de la pista el potro
    a latigazos -¡noble potro!- salta;
    no tienen sobre sí más amargura
    que la que hospeda en sus desiertos mi alma,
    porque yo arrastro sobre mí -¡y no puedo!-
    como un cuerpo podrido, ¡la esperanza!

    II
    Tú que vives la vida de los justos
    allá junto a tu Dios arrodillada,-
    yo no creo ni aguardo, pero pienso
    que haya hecho Dios un cielo para tu alma,-
    dame un rayo de luz -¡uno tan solo!-
    que restaure mi fuerza desmayada,
    que ilumine mi mente que se anubla,
    que reanime mi fe que ya se apaga...
    dame un beso de amor -¡uno siquiera!-
    aquí, sobre esta frente que besabas;
    aquí, sobre estos labios que otros labios
    han besado con ósculos de infamia;
    aquí, sobre estos ojos que no tienen
    nada más, ¡oh mi madre!, que tus lágrimas.

     

    El soñador

    Le aserraron el cráneo;
    le estrujaron los sesos,
    y el corazón ya frío
    le arrancaron del pecho.
    Todo lo examinaron
    los oficiales médicos
    mas no hallaron la causa
    de la muerte de Pedro;
    de aquel soñador pálido
    que escribió tantos versos,
    como el espacio azules
    y como el mar acerbos.
    ¡Oíd! Cuando yo muera,
    cuando sucumba, ¡oh, médicos!
    ni me aserréis el cráneo
    ni me estrujéis los sesos,
    ni el corazón ya frío
    me arrebatéis del pecho,
    que jamás hasta el alma,
    llegó vuestro escalpelo.
    Y mi mal es el mismo,
    es el mismo de Pedro;
    de aquel soñador pálido
    que escribió tantos versos,
    y como el espacio azules
    y como el mar acerbos.

     

    A tus pies

    Nocturno canto de amor
    que ondulas en mis pesares,
    como en los negros pinares
    las notas del ruiseñor.

    Blanco jasmín entre tules
    y carnes blancas perdido,
    por mi pasión circuído
    de pensamientos azules.

    Coloración singular
    que mi tristeza iluminas,
    como al desierto y las ruinas
    la claridad estelar.

    Nube que cruzas callada
    la extensión indefinida,
    dulcemente perseguida
    por la luz de mi mirada.

    Ideal deslumbrador
    en el espíritu mío,
    como el collar del rocío
    con que despierta la flor.

    Sumisa paloma fiel
    dormida sobre mi pecho,
    como si fuera en un lecho
    de mirtos y de laurel.

    Música, nube, ideal,
    ave, estrella, blanca flor,
    preludio, esbozo, fulgor
    de otro mundo espiritual.

    Aquí vengo, aquí me ves,
    aquí me postro, aquí estoy,
    como tu esclavo que soy,
    abandonado a tus pies.

     

    ¿Por qué no mandas?

    Como al nacer el sol en el oriente
    los negros lomos de la tierra inflama,
    como Dios al mirar sobre los pueblos
    de ansias de lo mejor llena las almas
    en mis tinieblas
    casi macabras,
    como un rayo de sol fue tu sonrisa,
    fulguración de Dios fue tu mirada.
    Como brilló una luz en el desierto
    para salvar a una nación esclava ,
    como cruzó una estrella los espacios
    al comenzar la redención humana,
    respladecientes,
    a llamaradas,
    surgieron, en mi senda, tu sonrisa
    y en mi noche angustiosa, tu mirada.
    Como el riego copioso de la nube
    las duras glebas del erial ablanda,
    y los aíres impuros purifica
    del polvo impuro que su azul empaña,
    lluvia de oro,
    sonora y franca,
    humedeció mis penas tu sonrisa,
    purificó mis besos tu mirada.
    Como el endeble cráneo de los hombres,
    a pesar de caber en sus dos palmas,
    la inmensidad del universo encierra
    y sus ruines paredes no se rajan;
    así el parvo
    duomo de mi alma,
    está como la aurora tu sonrisa
    ¡como todos los orbes tu mirada!
    Cómo pájaro y flor en las agrestes,
    pavorosas llanuras desoladas,
    son retoques audaces que proyectan
    vida, valor, perfume, resonancia:
    en mi solemne,
    desierta pampa,
    como cántico y flor fue tu sonrisa,
    como cántico y flor fue tu mirada.
    Como pugna una fuerza prodigiosa
    detrás de cada sol y cada larva,
    en las moles del mar y del rocío,
    en el grano de trigo y la montaña;
    tú no me tocas,
    tú no me hablas,
    y eres la sola vida de mi vida,
    su voluntad, su numen, su palanca.
    Como en la plena luz del mediodía
    semejan un incendio las cañadas,
    y a los oblicuos rayos de la tarde
    tranquilos mares de bruñida plata,
    sol de virtudes,
    astro que ama,
    tú, sobre todos mis dolores juntos,
    las ilusiones de tu luz levantas.
    Como al Señor querría el Angel malo,
    si el Señor le volviese la esperanza
    y en el vacio enorme de aquel odio
    la enormidad de su perdón volcara,
    así a raudales,
    así a cascadas,
    se ha inundado mi pecho de un cariño
    que por cielos y tierras se derrama.
    Cariño universal que me transporta
    más aláa de mis dudas y mis ansias,
    que me impone surgir del horizonte,
    limpio de mis pasiones y mis lacras,
    como penacho
    de ardientes llamas
    que hubiera puesto Dios sobre mi testa,
    para darme el dominio de las almas.
    Cariño que refunde mis potencias
    en la sola potencia sobrehumana
    de sentir nada más que lo sublime,
    de llorar nada más que por las alas
    ¡virgen del cielo
    llena de gracia
    que bajas a gemir con los humanos
    y has hecho de mi espíritu tu alcázar!
    Allí estarías como la sola dueña,
    allí serás la sola soberana:
    como siguen los astros a los mares
    tú regirás mis ondas tumultuarias.
    Reina absoluta
    ¿porqué no no mandas?
    ¡yo haré que todo el mundo conmovido
    se postre de rodillas a tus plantas!
    ¡Y te daré de mí gloria una diadema,
    de mi mente una túnica de grana,
    de. laureles y aplausos una alfombra,
    de mi pecho y mi sangre una muralla:
    porque yo tengo
    virtud en mi alma,
    para llenar de admiración los siglos
    si una mirada tuya me lo manda!

    Castigo

    I
    ¡Yo te juré mi amor sobre una tumba,
    sobre su mármol santo!
    ¿Sabes tú las cenizas que qué muerta
    conjuré temerario?

    ¿Sabes tú que los hijos de mi temple
    saludan ese mármol,
    con la faz en el polvo y sollozantes
    en el polvo besando?

    ¿Sabes tú las cenizas de qué muerta,
    mintiendo has profanado?
    ¡No lo quieras oir, que tus oidos
    ya no son un santuario!

    ¡No lo quieras oir!... Como hay rituales
    secretos y sagrados,
    ¡hay tan augustos nombres que no todos
    son dignos de escucharlos!

    II
    Yo te di un corazón joven y justo...
    ¡por qué te lo habré dado!
    ¡Lo colmaste de besos, y una noche
    te dió por deborarlo!

    Y con ojos serenos... El verdugo,
    que cumple su mandato,
    ¡solicita perdón de las criaturas
    que inmolará en el tajo!

    Tú le viste serena, indiferente,
    gemir agonizando,
    ¡mientras su roja sangre enrojecía
    tus mejillas de nardo!

    Y tus ojos... ¡mis ojos de otro tiempo
    que me temían tanto!...
    ¡ni una perla tuvieron, ni una sola:
    eres de nieve y mármol!

    III
    ¿Acaso el que me roba tus caricias
    te habrá petrificado?
    ¿Acaso la ponzoña del Leteo
    te inyectó a su contacto?

    ¿O pretendes probarme en los crisoles
    de los celos amargos?,
    ¿y me vas a mostrar cuánto me quieres,
    después, entre tus brazos?...

    ¡No se pruevan así, con ignominias,
    con corazones hidalgos!
    ¡No se templa el acero damasquino
    metiéndolo en el fango!

    Yo te alcé en mis estrofas, sobre todas,
    hasta rozar los astros:
    ¡tócale a mi venganza de poeta,
    dejarte abandonada en el espacio!

     

    A la libertad

    Como del fondo mismo de los cielos
    el sol eterno rutilante se alza,
    como el seno turgente de una virgen
    al fuego de la vida se dilata:
    Así radiosa,
    y así gallarda
    se levantó del mar donde yacía
    la exuberante tierra americana.
    Como prende su túnica de raso
    con su joya mejor, la soberana,
    como entre todas las estrellas reina
    el lucero magnífico del alba;
    Así pulida,
    y así gallarda
    sobre todos los pueblos de su estirpe,
    resplandor y joyel, ¡surge mi patria!
    Como buscan la luz y el aire libre
    las macilentas hierbas subterráneas,
    como ruedan tenaces y tranquilas
    al anchuroso piélago, las aguas;
    Así sedienta,
    y así porfiada,
    la triste humanidad se precipita
    al pie de la bandera azul y blanca.
    ¡Allí van congregándose a la sombra,
    para formar después una montaña!
    ¡Allí van adhiriéndose en el tiempo
    partícula a partícula las razas!
    Allí se funde,
    y allí se amasa
    el hombre, tal como surgió en la mente
    del autor de los orbes y las almas.
    Que así pulida,
    y así gallarda
    sobre todos los pueblos de su estirpe,
    resplandor y joyel, ¡surgió mi patria!

     

    Hijos y padres

    Para Carmen (hermana)
    I
    Como la lluvia copiosa sobre el suelo,
    como rayo de sol sobre la planta,
    como cota de acero sobre el pecho,
    como noble palabra sobre el alma,
    para los hijos
    de tus entrañas
    debe ser tu cariño hermana mía
    riego, calor, consolación y gracia.

    II
    Como tierra sedienta de rocío,
    como planta en la sombra sepultada,
    como pecho desnudo en el peligro,
    como guerrero inerme en la batalla,
    así, en la ardiente
    contienda humana,
    ¡ay! los hijos que pierden a sus padres,
    pierden riego, calor, escudo y lanza.

    III
    Como nube de arena que no riega,
    como sol que no alumbra en la borrasca,
    como roto espaldar que no defiende,
    como consejo que pervierte y mancha,
    así, malditos,
    padres sin alma,
    son aquellos que niegan a sus hijos
    consejo, amor, ejemplo y esperanza.

    IV
    Como fecunda tierra agradecida,
    como planta que al sol sus flores alza,
    como pecho confiado tras la cota,
    como hasta Dios se magnifica el alma,
    así, los hijos,
    cuando les aman,
    dan plantas de virtud como esa tierra,
    frutos de bendición como esas plantas,
    arranques de valor como esos pechos,
    rayos de inmensa luz como esas almas.

     

    Sin tregua

    I
    Al clásico del compás establecido
    para cantar las cosas soberanas:
    invocando al amor y al buen sentido,
    musas que deben ser hermanas:
    sin temer ni a la crítica del ruido
    ni a la pereza y cobardía humanas:
    voy a cantar mis versos al trabajo...
    ¡al sin tregua, al feroz, al a destajo!

    II
    Pero pido, por Dios, se me permita
    no lanzarme de golpe a la faena;
    porque mi viejo numen necesita
    saber si su cordaje siempre suena,
    como el yacán sus miembros ejercita
    para bajar sin dudas a la arena:
    las aves de gran vuelo alzan su vuelo
    después de breves pasos por el suelo.

    III
    Preludio que, tal vez, me salga largo,
    y como largo, fatigoso enredo;
    pues, al coger la pluma me hago cargo
    de que me impongo más de lo que puedo,
    y de mi propia fama sin embargo.
    No fío de mi fama y tengo miedo:
    ¡para la eternidad fiarme de un pase
    quisiera lograr yo, con una frase!

    IV
    Podrá ser que me valgan: ansia firme
    de producir el bien de cualquier modo;
    más que afán ateniense de lucirme,
    furor de semidiós de hacerlo todo;
    más que la pretensión de redimirme,
    la de bruñir y honrar mi propio lodo;
    ¡y el fervor masculino, temerario
    de hurgar mi corazón, no el diccionario!...

    V
    ¡Y me valieron ya!...gran llamarada
    me llenó de saber sin más estudio:
    templó mis fibras, afiló mi espada,
    con sólo cuatro gotas de preludio;
    y aunque las cuatro en si no valen nada,
    las dejo como están, no las repudio.
    ¡Para dar sus mazazos más certeros,
    sólo escupen sus palmas los herreros!

    VI
    ¡Levántate holgazán!...¿ves el conjunto?,
    la gloriosa verdad de las estrellas,
    pues sabe que sin ti, sombra, trasunto,
    dejarían de andar y de ser bellas;
    ¡porque basta que ceda un solo punto,
    para verlas caer a todas ellas!...
    ¡Levántate holgazán: vibre tu pulpa,
    peligra el universo por tu culpa!

    VII
    Nadie te dice, nadie, que no sueñes
    y la luz de otros tiempos no vislumbres;
    que sin haber subido te despeñes,
    y a vivir despeñado te acostumbres;
    que la visión angélica desdeñes,
    de la paz que sospechas en las cumbres;
    ¡más de tus sueños de holgazán no hables!;
    proque tienen que ser ¡muy miserables!

    VIII
    Aquel que se desploma en su miseria,
    padece la miseria de si mismo...
    en su nervio, en su músculo y su arteria,
    desteje, desordena el raquitismo:
    ¡fiebre de destrucción, furor de histeria,
    dinámica de sombra y cataclismo!...
    ¡Levántate chacal: deja tu acecho,
    huye para in aeternum de tu pecho!

    IX
    ¡Huye para in aeternun, en el carro
    de los suspiros que al gemir exhalas!...
    ¡fuga, como una esencia de su tarro:
    sueña, como una larva, con tus alas;
    brota, como una flor brota del barro;
    surge de tu dolor, lleno de galas;
    ten una vez, hermano, la inmodestia
    de pensarte más hombre que una bestia!

    X
    Llenate de ambición, ten el empeño;
    ten la más loca, la más alta mira;
    no temas ser espíritu, ser sueño,
    ser ilusión, ser ángel, ser mentira.
    La verdad es un molde, es un diseño
    que rellena mejor quien más delira...
    ¿que la ciencia es brutal y que no sueña?
    ¡eso lo afirma el asno que la enseña!

    XI
    Naciste en el peldaño de una escala,
    no en el seno confuso de una nube;
    con el cetro en las manos, o la pala
    pero raudo y audaz como un querube;
    si no son los peldaños es el ala
    que te despierta y que te grita: ¡sube!...
    ¡sube sin timidez, no te abandones;
    si te asusta volar, hay escalones!

    XII
    Escalones vibrantes que repelen
    con poderosa percusión elástica,
    que a salvar las alturas nos impelen
    en una sin cesar marcha gimnástica;
    ¡anhelación de ser, marchas que suelen
    rematar en la púrpura dinástica!...
    ¡no te duermas, por Dios; no hagas tu nido
    en el vil escalón donde has nacido!

    XIII
    Yantar bien, dormir bien, es lo de menos;
    pero soñar lo menos es afrenta;
    no es digno del dolor romper los frenos
    tan solo por la vianda suculenta;
    delante de un redil de vientres llenos
    ¡prefiero yo la humanidad hambrienta!...
    sueñan los grandes monstruos directrices
    en un mundo bestial...¡sin infelices!

    XIV
    Genios de la igualdad, por cobardía,
    o piratas protervos de alto bordo,
    que quisieran un mundo sin porfía,
    sin el pater familia, como el tordo;
    mundo como el edén, pura ambrosía
    hombre cual un rufián, feliz y gordo...
    ¡no desarrollan genio las mujeres,
    porque sin gran dolor tienen placeres!

    XV
    ¡Dolor, santo dolor; sol iracundo
    que a las almas estólidas caldea;
    que tortura a las fibras de lo inmundo
    hasta que se hacen leña y se hacen tea!
    ¡Padre de lo mejor, amo del mundo;
    generador supremo de la idea;
    draga de remoción; llama expiatoria
    que convierte las pústulas en gloria!

    XVI
    Odio por lo tranquilo y uniforme,
    y ansia de otro nivel y de otro aspecto;
    fiebre de perfección en lo deforme,
    y hambre de superluz en lo perfecto;
    soberbias de Luzbel; vacío enorme
    en el alma sombría del insecto...
    eso requiere Dios, para sus planes:
    angustias de Satán...¡somos satanes!